Desafíos demográficos de América Latina

En reiteradas ocasiones nos hemos referido al “Bono demográfico” como una condición poblacional provechosa en la cual, la población joven es mayoritaria en comparación con la población en edad avanzada. Latinoamérica se ha aventajado de esta condición demográfica por décadas ya que su población es aún muy joven con respecto a la de otras regiones.  Su población menor de 15 años representa el 25% de su población total, mientras que la población mayor de 65 años solamente un 8%, relativamente escaso frente al 19.20% de población en el mismo grupo etario en la Unión Europea y el 15.03%  en Estados Unidos. (Informe de la Evolución de la Familia en Iberoamérica, 2018).

La categorización de una población por edad permite mostrar tanto los retos a los que se enfrenta, por ejemplo, un proceso de envejecimiento poblacional acelerado, como es el caso de muchas sociedades contemporáneas; así como oportunidades de desarrollo, como lo es una población joven mayoritaria. Un número significativo de población joven representa la sostenibilidad de su sistema económico y una fuerza productiva ventajosa frente a poblaciones que en su mayoría son dependientes, es decir, ya no son económicamente activas.

Las condiciones demográficas repercuten en más que el crecimiento de una población y revelan más que solamente su tamaño; en palabras del filósofo francés August Compte, “La demografía es destino”. En el caso de América Latina, su población mayoritariamente joven es una oportunidad que le aventaja frente a regiones que, aunque representan sistemas económicos más desarrollado, se enfrentan a desafíos demográficos con poblaciones envejecidas y decrecientes como es el caso de Europa, en donde el 25% de su población total será mayor de 65 años en el 2050 según estimaciones poblacionales de la Organización de Naciones Unidas. Aunado a ello, la tasa de fertilidad de Europa se encuentra por debajo del índice de reemplazo generacional desde 1975 (Banco Mundial); actualmente la misma es de 1.5 hijos por mujer, un número insuficiente de nacimientos para la sostenibilidad de su población.

La desaceleración del crecimiento poblacional es una condición demográfica presente en todas las regiones del mundo actualmente, aunque, en algunas como Europa y Asia representa ya un mayor impacto. La población europea tuvo un tasa de crecimiento de 0.1 en el 2020, la de Asia pacífico fue de 0.4, mientras que la de América Latina fue de 0.9. Un crecimiento poblacional insignificante, al contrario de lo que plantea la catastrófica Teoría de la Sobrepoblación, repercute negativamente en el rendimiento económico y productivo de una sociedad, además de representar transformaciones sociales eminentes en las estructuras familiares, sistemas educativos, etc.

El bono demográfico que aventajaba a la región latinoamericana, sin embargo, ya no predomina como lo hacía unas décadas atrás ya que las condiciones que le favorecían han cambiado.  Actualmente, siete países de la región presentan tasas de fertilidad por debajo del índice de reemplazo generacional (2.1 hijos por mujer); además, la tasa de fecundidad general de la región se redujo de 5.83 hijos por mujer en 1950 a 2.05 en el 2020 y se prevé que en el 2100 sea de 1.73. Este descenso se atribuye a un mayor acceso a métodos anticonceptivos, una creciente inclusión de las mujeres en el mercado laboral, y la postergación de la maternidad, por lo que las mujeres conciben un menor número de hijos o en algunos casos, ninguno.

Cabe resaltar que el descenso de la natalidad causa una transformación en la estructura de edades de una sociedad, es por ello que las pirámides poblacionales no se ven en la actualidad con un pico angosto y una base más ancha, más bien son figuras deformadas por el significativo aumento de la población mayor y el reducido número de nacimientos.

Analizando el caso específico de Guatemala, el Censo Nacional realizado en el 2018 confirma que su población permanece siendo mayoritariamente joven:  el 61% se encuentra en el rango de edad entre 15 y 64 años, el 33.4% es menor de 15 años y el restante 5.6% representa a la minoritaria población mayor de 65 años. La edad promedio en Guatemala es de 26.48 años.  La tasa de fertilidad de Guatemala también ha mantenido una tendencia a la baja desde hace varios años y, según el estudio Guatemala: Familia y Demografía publicado en el 2020, aunque hay una percepción generalizada de que las familias guatemaltecas son numerosas, los datos nos muestran que la mayoría de hogares guatemaltecos actualmente tienen 2 ó 3 hijos.

Las oportunidades que representa un bono demográfico para el desarrollo de una población son varias, sin embargo, en América Latina no fueron aprovechadas del todo.  Por mencionar algunos ejemplos, la inversión en un sistema educativo de calidad ha sido insuficiente para garantizar educación y desarrollo profesional a toda la población, además, las tasas de desempleo y empleo informal son significativamente altas, lo cual implica también un gran porcentaje de población mayor carente de protección social.

Si las tendencias actuales se mantienen, para el año 2100 se prevé que el 31% de la población total de América Latina sea mayor de 65 años, es decir, el proceso de envejecimiento poblacional permanece avanzando como un desafío para las próximas décadas, especialmente para una región en la cual los sistemas de protección social son deficientes. Según la edición de Panorama Social de CEPAL del 2020, solamente el 47.3% de la población económicamente ocupada está afiliada a un sistema de seguridad social. En este escenario, las estructuras familiares son actores fundamentales para satisfacer las nuevas necesidades de la región y asegurar su sostenibilidad, siendo el entorno familiar el ideal para fomentar el aumento de la natalidad y para brindar los cuidados a sus miembros, especialmente los más vulnerables como los adultos mayores.

Para finalizar, la región latinoamericana aún presenta algunas ventajas al comparar sus condiciones demográficas con las de otras regiones que resultan más precarias, no obstante, es necesario impulsar políticas públicas que favorezcan a la población joven y les garanticen un desarrollo educativo, laboral y familiar próspero. Además, el fortalecimiento de las estructuras familiares es indispensable para el sostenimiento de la población y su desarrollo total.